Núremberg

  • Dirección: James Vanderbilt
  • Guion: James Vanderbilt (Libro: Jack El-Hai)
  • Intérpretes: Russell Crowe, Rami Maleik, Leo Woodall, John Slattery, Mark O’Brien, Richard E. Grant, Michael Shannon, Colin Hanks…
  • País: EEUU
  • Género: Musical
  • 148 minutos
  • Ya en cines
  • «Tras el fin de la II Guerra Mundial, con ocasión de los cruciales juicios de Nuremberg de los Aliados contra el derrotado régimen nazi, el psiquiatra estadounidense Douglas Kelley (Malek), encargado de determinar si los prisioneros oficiales nazis son aptos para ser juzgados por sus crímenes de guerra, se ve inmerso en una compleja batalla de ingenio con Hermann Göring (Crowe), mano derecha de Hitler. Basada en el libro «El nazi y el psiquiatra» de Jack El-Hai.»

Por Diego Salgado & Elisa McCausland

Pocas cosas tendrá oportunidad de ver el espectador en 2025 tan divertidas como el histrionismo de Rami Malek y Russell Crowe en esta recreación, pasados ochenta años, de los procesos judiciales celebrados entre noviembre de 1945 y octubre de 1946 en la ciudad alemana de Núremberg contra Hermann Göring, Rudolf Hess y otros jerarcas nazis por sus crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, desde el punto de vista de un oficial de inteligencia y psiquiatra del ejército estadounidense, Douglas Kelley, a quien se encomendó valorar la salud mental de los acusados.

En la película que nos ocupa, Kelley (Malik) sucumbe en principio al carisma y los modales de Göring (Crowe) a través de un intenso juego de planos/contraplanos entre la sonrisa trémula y los ojos de cordero degollado de Malik y la sonrisa pícara de Crowe. Después, el psiquiatra se enfada y no respira cuando descubre (sic) gracias a las imágenes de campos de concentración proyectadas durante el juicio, que Göring no es un buen tipo. Desde ese momento, Malik hincha las venas del cuello y desorbita los ojos, Crowe se transforma en un sociópata de mirada lechosa y lengua bífida, y el director James Vanderbilt pasa a confrontar los perfiles de uno y otro actor en extremos opuestos del plano panorámico. La pugna dentro y fuera del estrado entre los personajes de ambos, de la cual depende la condena del gerifalte nazi y un sentido de victoria y reparación para los aliados, está servida.


Lo tosco —y entretenido— del duelo que mantienen Kelley y Göring marca la dinámica narrativa y, sobre todo, el tono de Núremberg,  la Cónclave (2024) de esta temporada pese a parecernos dudoso que tenga un impacto similar. Sobre el papel, nos hallamos ante un drama de época con un tema grave y poco tratado por el audiovisual más allá de hitos como ¿Vencedores o vencidos? El juicio de Núremberg (1961) o la miniserie Núremberg (2000), sustentado en un ensayo de Jack El-Hai y destinado a los suplementos culturales, la generación Verdi y los Óscar. En la práctica, sin embargo, Núremberg se debate escena tras escena entre esa condición artificiosamente ceñuda y la del suspense frívolo, el espectáculo irresponsable, el desdén en tanto película de juicios made in Hollywood a cualquier consideración intelectual sobre la imagen justa y la (im)pertinencia de representar el Holocausto y sus derivadas. El filme hace honor a la exclamación jubilosa del comandante Burton C. Andrus (John Slattery) cuando abre a Kelley y otros recién llegados las puertas de las instalaciones militares donde se hallan presos los dirigentes nazis cual maestro de ceremonias: «¡Bienvenidos a Núremberg!».


Esa filosofía próxima al pulp, sensacionalista bajo unas apariencias frágiles, heredera de los best-sellers de tapa dura y los ejercicios de qualité noventera que ejemplificaron películas como La hija del general (1999) y La guerra de Hart (2002) —caldo creativo de cultivo para James Vanderbilt—, es perceptible desde la escena temprana que nos presenta a Kelley embaucando a una compañera de viaje hacia Núremberg con un truco de cartas que, no por casualidad, Göring hará suyo. Como la propia película, Kelley es un prestidigitador, un farsante; bajo sus galones y su cháchara médica, se delata un buscavidas ansioso de fortuna y gloria en Núremberg y los Estados Unidos de posguerra. Es una pena que Vanderbilt reduzca a las inevitables cartelas finales los paralelismos significativos entre los destinos de Göring y Kelley, tras un fracaso de este último a la hora de prorrogar el éxito de su libro acerca de las experiencias en Núremberg y una inestabilidad mental que daría al traste con su vida a los cuarenta y cinco años, reminiscentes del auge y caída de Stanton (Tyrone Power) en la abisal El callejón de las almas perdidas (1947).

Vanderbilt deja por tanto en un prudente segundo plano su estudio de las peculiaridades psicológicas de dos individuos —Göring, Kelley— que hicieron de sí mismos personajes en el seno de ecosistemas de nula rectitud —el nazismo por un lado, la cultura y los medios de masas estadounidenses posteriores a la Segunda Guerra Mundial por otro—, sin comprender que antes o después serían destrozados por sus engranajes. Eso sí, la complejidad de Kelley y Göring arroja aquí y allá sobre el plano general de nazis incapaces de reconocer en el juicio la monstruosidad de sus actos y leguleyos aliados en pos de la justicia y la ejemplaridad, las sombras de la turbiedad, del relativismo moral. Citemos como ejemplo evidente de ello la ejecución del propagandista Julius Streicher (Dieter Riesle), cuya plasmación cruel y sórdida evoca A sangre fría (1967). Es en ese contraste —o confluencia— entre la corrección y la caricatura, la épica aleccionadora y la pulsión cínica, Steven Spielberg y Paul Verhoeven, donde Núremberg acaba por poner de manifiesto cierta personalidad, un humanismo sucio.

  • Montaje: Tom Eagles
  • Fotografía: Dairusz Wolski
  • Música: Brian Tyler
  • Distribuidora: DeAPlaneta

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