Annette

  • Dirección: Leos Carax
  • Guion: Ron Mael, Russell Mael
  • Intérpretes: Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Helberg, Dominique Dauwe
  • Género: Musical, drama, Leos Carax
  • País: Francia
  • 140 minutos
  • Ya en salas

Henry es un monologuista cómico de humor incisivo. Ann, una cantante de renombre internacional. Centro de todas las miradas, juntos forman una pareja feliz rodeada de glamur. El nacimiento de su primogénita, Annette, una niña misteriosa con un destino excepcional, les cambiará la vida.

Por Elisa McCausland y Diego Salgado

Solo por la desgarradora escena final en el locutorio de una prisión que protagonizan el cómico caído en desgracia Henry McHenry (Adam Driver) y su hija Annette (Devyn McDowell), vale la pena ver el sexto largometraje del cineasta francés Leos Carax, ganador del premio al mejor director en la última edición del Festival de Cannes.

No es ni mucho menos la única escena memorable de Annette. Destaquemos también el arranque y la despedida a cargo del equipo técnico de la película, la tormenta en alta mar, las apariciones fantasmáticas de la soprano Ann Desfranoux(Marion Cotillard), la condición animatrónica durante la mayor parte del metraje de la hija surgida del amor peripatético que han vivido Ann y Henry… Con Annette, Carax vuelve con fuerza a la primera línea de la actualidad pasada casi una década del mito crítico Holy Motors (2012) y tras una revisión suicida de sus principios existenciales y creativos.

«So may we start, may we start, may we start…?»

Esto quiere decir que hay mucho en Annette del romanticismo histérico y la (auto)reflexividad cinematográfica que ya singularizaron Chico conoce chica (1984), Los amantes del Pont-Neuf (1991) y, en especial, Holy Motors. Pero, con ambición desmesurada, Carax somete esos aspectos a una vuelta de tuerca al filo del abismo —uno de los argumentos del filme— en cuyas imágenes caben la ópera glam rock con guion y música debidos al grupo Sparks, la burla hacia ese modelo de puesta en escena y los que encarnan como artistas y amantes trágicos Henry y Ann, y un exorcismo de tintes autobiográficos a cuenta de sus excesos y errores pasados que Carax eleva a categoría política en la estela del #MeToo y las revisiones en marcha de la masculinidad tóxica.

El resultado de tantas pretensiones es un ejercicio agotador, irregular, a menudo deslumbrante, menos de ficción cinematográfica que de gran interrogante acerca de la posibilidad de dicha ficción para trascender la saturación de lugares comunes audiovisuales que devoramos hoy por hoy, y para subvertir el carácter de representación que hemos otorgado a cada esquina del mundo y cada momento de nuestras vidas; una sobredosis de espectáculo en la que han acabado por naufragar significantes y significados.

A Leos Carax hace tiempo que no le basta con rodar una película cuando las circunstancias se lo permiten. Cada una de ellas ha pasado a erigirse en un intento hercúleo por su parte de reinventar el cine a fin de que siga teniendo peso específico y continúe despertando el sentido de la maravilla en el ojo del espectador. Los momentos finales de Annette certifican la lucidez del realizador galo en torno a la dificultad, incluso el fracaso, de su propósito: todas las audacias, improvisaciones y extravagancias que puntúan la película pueden no ser más que ruido añadido al estruendo cultural que nos rodea. Aunque de ese fracaso, de la derrota de Ann y Henry como seres humanos y como performers —más programados por el sistema de lo que les gustaría reconocer—, emerja en el último instante un milagro: la transustanciación del artificio representativo en la carne y la sangre sin adulterar de la imagen cinematográfica. ¿Somos dignos de disfrutarla? ¿De amarla? La respuesta de Carax es inequívoca: la vida, el cine, la imaginación, solo tienen la oportunidad de fructificar más allá de lo familiar y de lo consumible, más allá de nuestras miradas estragadas.

  • Fotografía: Caroline Champetier
  • Montaje: Nelly Quettier
  • Música: Sparks
  • Distribuidora: Elastica Films