Dune

  • Dirección: Denis Villeneuve
  • Guion: Eric Roth, Denis Villeneuve, Jon Spaihts (Novela: Frank Herbert)
  • Intérpretes: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Zendaya
  • Género: Ciencia ficción
  • País: EEUU
  • 155 minutos
  • Ya en salas de cine

Arrakis, el planeta del desierto, feudo de la familia Harkonnen desde hace generaciones, queda en manos de la Casa de los Atreides después de que el emperador ceda a la casa la explotación de las reservas de especia, una de las materias primas más valiosas de la galaxia y también una droga capaz de amplificar la conciencia y extender la vida. El duque Leto (Oscar Isaac), la dama Jessica (Rebecca Ferguson) y su hijo Paul Atreides (Timothée Chalamet) llegan a Dune con la esperanza de recuperar el renombre de su casa, pero pronto se verán envueltos en una trama de traiciones y engaños que los llevarán a cuestionar su confianza entre sus más allegados y a valorar a los lugareños de Dune, los Fremen, una estirpe de habitantes del desierto con una estrecha relación con la especia.

Por Alejandro G. Calvo

Desconozco los entresijos que han llevado a que Denis Villeneuve (Quebec, 1967) haya podido hacer una película como Dune. De hecho, ni siquiera me acabo de creer que este Dune exista. La he visto, la he vivido, la he sufrido, la he disfrutado, me ha arrancado de cuajo todos los huesos como si fuera un huracán de arena ardiendo, me he quedado embobado admirando sus imágenes como quien mira perdido a la inmensidad de lo inaprensible. ¿Pero qué es esta locura? ¿Cuántos millones de dólares se han quemado aquí? ¿Cómo han dejado que el director de Incendios (2010) hiciera con un blockbuster gigantesco la que probablemente es su película más rasgada? Dune está en la otra esquina de la galaxia de Star Wars: es cine contemplativo, anticlimático –en sus últimos treinta minutos prácticamente no pasa nada–, misterioso, esquivo, a contracorriente. Mientras la veía pensaba en Cleopatra (1963) de Mankiewicz, en La puerta del cielo (1980) de Cimino, en La conquista del Oeste (1962) de Ford, Hathaway y Marshall, en Batman v Superman (2016) de Snyder, en Corazonada (1981) de Coppola, en Tenet (2020) de Nolan, en La mirada de Ulises (1995) de Angelopoulos, en Qué difícil es ser un Dios (2013) de German. Cine más grande que la vida donde sus autores se dejaron la piel en películas tremendamente personales y, buena parte de ellas, siendo rechazadas por crítica y público. Ah, también me recordó a Dune (1984), la otra, la de David Lynch –película que a mí me sigue encantando, pero que no le gusta ni a su propio director–. Porque para Lynch, claro, hacer Dune fue un suplicio y a él nunca le ha interesado ni la ciencia ficción ni la space opera ni nada que se le parezca. Pero el director de INLAND EMPIRE (2006) sí conectaba con la epopeya ecologista-galáctica de Frank Herbert por dos lados: le encantaba la idea de un mundo medieval en el espacio –con sus reinos, castillos, ejércitos, traiciones, etc.–  y que Paul Atreides se pasara medio libro teniendo alucinaciones. Por eso, aunque Dune (2021) se parece a Dune (1984) como un huevo a una castaña, sí que conectan en ambas filias. Villeneuve se ha dejado la piel en retratar este Juego de tronos con casas enfrentadas, un emperador maligno, una hermandad de brujas, un planeta que todo el mundo desea pero cuyos habitantes defienden a cuchillo y escupitajo y, además, se lo pasa tan bien como Lynch enredándose en las ensoñaciones lisérgicas de Paul Atreides, hasta el punto de que un cuarto de película es básicamente eso: imágenes new age que parecen descartadas del montaje de Knight of Cups (2015).

Qué placer. Lo recuerdo y solo siento eso: un enorme placer. Y ganas de volverla a ver. La ciencia ficción como herramienta más poderosa que cualquier sueño que hayas tenido en tu vida. Qué baño de imágenes. Decía justo tras verla que así se siente uno cuando contempla el Gran Cañón de Colorado. No puedes hacer nada. Solo mirar. Las naves volando en el cielo. Los planetas flotando en el espacio. Los ejércitos desplegándose para la batalla. Los gusanos de arena surgiendo del fondo del desierto. Y la música de Hans Zimmer calzándote el pulso de la sangre y haciéndotela bombear a su gusto y placer. A nadie que le apasione la ciencia ficción podrá disgustarle un píxel de Dune. Un espectáculo que, con todo lo aparatoso que pueda parecer, se mantiene en suspense y fascinación continua. A lo Zurlini en El desierto de los tártaros (1976). Da igual que te sepas la historia porque es un placer ver cómo te la vuelve a contar Villeneuve. Es orgiástico, es impúdico, es una puta barbaridad. No veía a tanta estrella junta en papeles tan cortos desde La delgada línea roja (1998). Surge Malick, de nuevo, y es que hay algo de esa caza desesperada de la trascendencia en las imágenes intensísimas de este Dune. Es imposible, si amas el cine, que no aceptes el riesgo. Y en esta película hay valentía suicida, hay descaro impertinente, hay una autoconsciencia totalmente descontrolada de que, si vamos a tirar la casa por la ventana, por qué no tirar el planeta entero. Sensaciones similares tuve al ver La Liga de la Justicia de Zack Snyder (2020): como está todo perdido, aquí solo se puede ya ganar. Llevar las ideas –narrativas, puesta en escena, argumentales, etc.– hasta la extremaunción. Villeneuve lo hizo ya con la secuela de Blade Runner (1982) y le salió la jugada perfecta. ¿Por qué no iba a pasar lo mismo con esta nueva adaptación de Frank Herbert? No sé si Jodorowsky se estará mesando o arrancando la barba. No sé si estamos más cerca de El árbol de la vida (2011) o de La fuente de la vida (2006). Solo sé que Dune es la película que más necesitábamos ver para poder creer que aún existe vida en el cine de autor de gran presupuesto, un espacio en el que únicamente Christopher Nolan –si hubiera hecho él Dune, le habría salido algo bastante parecido– parece haber encontrado su sitio. ¡Ya está bien de la política de productores! ¡De películas miméticas con el mismo tipo de acción, humor y drama! ¡Ya está bien de que dé igual quién firme las películas! ¡El cine también es convulsión, fracaso y Madre! (2017)!

No sé por qué estoy gritando. Mis disculpas. Probablemente es porque Dune me ha gustado aún más de lo que pensaba, y mira que me molestaron los dichosos escudos personales que llevan en las batallas, ¡con lo divertidos que eran en la película de Lynch! O quizá es porque, aunque me ha gustado, creo que aún podría haber sido mejor. Porque cuando Dune pone la sexta marcha crea secuencias impepinables: el gusano tragándose a la embajadora y los soldados Harkonnen, el rey Atreides mordiendo la cápsula de veneno y dejando una habitación llena de cadáveres desfigurados, el barón Harkonnen acariciándose la calva como el Coronel Kurtz de Apocalypse Now! (1979) –muy Dune también, en su versión extendida, ahora que lo pienso–. Quizá estoy cabreado prematuramente, pensando en que el gran público la va a odiar, pensando que van a ver un nuevo El señor de los anillos (2001) y se van a encontrar con algo diametralmente opuesto. Pero qué más da lo que piense la gente. Si todos nos vamos morir más tarde o más temprano. Y cuando de nosotros no quede más que polvo, la gente seguirá viendo Dune

  • Fotografía: Greig Fraser
  • Montaje: Joe Walker
  • Música: Hans Zimmer