«Estoy aquí porque cuando era más joven deseaba ardientemente ser escritora, quería ser cineasta, pero no veía a nadie como yo en el mundo…»

El 20 de octubre de 2012, en San Francisco, Lana Wachowski pronunció un poderoso discurso al recibir el Visibility Award de la Human Rights Campaign. En él dio las claves de su relación con el género, explicando por qué ella y su hermana Lilly llevan años negándose a hablar públicamente para proteger su vida privada. Y por qué ahora para ella es esencial volver a hablar. Para las personas transgénero la visibilidad es, a veces, una cuestión de vida o muerte.

«Estoy aquí porque cuando era más joven deseaba ardientemente ser escritora, quería ser cineasta, pero no veía a nadie como yo en el mundo…»

De acuerdo. Uf. Nunca he dado un discurso en mi vida. (Aplausos.) De acuerdo, está bien, lo entiendo. Queréis animarme, os quiero.

Bueno, pues estaba en la peluquería. Resulta que mi peluquero es gay. Le dije: «Por lo visto, la Human Rights Campaign quiere darme un premio». «¿Un premio por qué?», me pregunta. Le contesto: «Para recompensarme por ser quien soy, supongo». Juguetea con mi pelo y me suelta: «Sí, bueno, me figuro que se te da bastante bien hacer lo que haces». Y le respondo: «Sí, me imagino que la competencia no es demasiado dura». Y él, que tiene una auténtica lengua viperina, añade: «No, pero es genial, ¡imagínate si hubieras perdido!» (Risas.)

Llevo casi seis años yendo a esa encantadora peluquería. Mi peluquero lo sabe todo sobre mi familia: sabe lo unida que estaba a mi abuela y cómo conocí y me casé con el amor de mi vida. Me peinó para mi boda hace tres años, me vio borracha en las fotos porno de mi luna de miel en Mykonos. Pero no sabe que hice la trilogía de Matrix con mi hermano Andy (el discurso tuvo lugar antes de la transición de este último, N. de la R.). Es decir, que sabe quién soy, pero no lo que hago.

Por otro lado, hace poco estuve en una cena con amigos y gente a la que no conocía, todos ellos muy emocionados por conocer a una «cineasta de Hollywood». Me acribillaban a preguntas sobre Tom Hanks, Keanu Reeves y Halle Berry, y no paraban de referirse a mí diciendo «él» o «uno de los hermanos Wachowski», a veces diciendo solo la mitad de mi nombre de pila: «Laaaaaa…. », como para hacer una extraña conexión entre mis identidades. Fueron incapaces, o quizá reticentes, de verme como soy o por lo que hago.

Lana Wachowski en una campaña para Marc Jacobs (201()

Todos los presentes en esta sala, todos los seres humanos tienen que desenvolverse entre sus identidades públicas y privadas. En mi caso, esto se produjo durante una conversación con Andy y Tom Tykwer, nuestro adorado nuevo hermano, que es sencillamente magnífico, con quien hicimos nuestra última película, El atlas de las nubes. Hace unos meses, en un club berlinés poco iluminado, un antro, estábamos sentados juntos en medio de una multitud demacrada y hasta arriba de cerveza, y teníamos que decidir si rodábamos o no una introducción al tráiler de nuestro largometraje para subirlo a internet. Tenía que haberlo hecho Tom Hanks, pero ya no estaba libre.

Andy y yo llevamos doce años sin hacer ninguna aparición en prensa ni en público, ni siquiera en los preestrenos. La gente pensaba que tenía algo que ver con mi transición de género, pero no es así. Tras el estreno de Matrix en 1999, ambos nos dimos cuenta del efecto que la película tuvo en nuestro mundo y nuestras vidas. Nos dimos cuenta de lo valioso que es el anonimato: es como una forma de virginidad, algo que solo se pierde una vez. El anonimato te da acceso al espacio cívico, a una forma de participación en la vida pública: es una especie de invisibilidad igualitaria a la que no quieres renunciar. Le dijimos a Warner Bros. que no queríamos salir más en la prensa. Y ellos replicaron: «Ni hablar. Eso no es negociable. Los directores desempeñan un papel fundamental en la venta y promoción de una película». Y contestamos: «Muy bien, lo entendemos. Así las cosas, si hay que elegir entre hacer una película o no hacer prensa, decidimos no hacer una película». Y dijeron: «Esperad un momento. Tal vez podamos hablarlo…».

De eso hablábamos en Berlín hace tres meses. Éramos conscientes de que no solo sería nuestra primera aparición con Andy en mucho tiempo, sino que también sería mi primera intervención desde mi transición. Por cierto, este es un término muy complicado para mí porque está asociado a una narrativa de género no binaria con la que no me siento especialmente cómoda. En el momento de presentarme ante la cámara, me di cuenta de que inevitablemente sería objeto de proyecciones tanto personales como políticas.

Cloud Atlas
The Matrix

Mi familia y mis amigos lo saben desde hace una década. También lo había hablado con mi terapeuta, pues sabía que acabaría haciéndolo público, pero asimismo sabía que tendría que pagar un precio. Quería salir del armario alguna vez, pero no quería hablar de ello. No soporto el formato de los talk shows, con el interrogatorio y la confesión, además de las lágrimas del presentador (aplausos), cuya compasión dramatiza la dimensión inevitablemente trágica de mi vida en cuanto persona transgénero. Esto suele crear una catarsis que va desde el rechazo hasta la aceptación, sin cuestionar siquiera lo patológico de una sociedad que se niega a tener en cuenta todo el espectro del género, con la misma ceguera que para el espectro de la raza o la sexualidad. (Aplausos.)

Así que los tres hablamos (con Lilly y Tom Tykwer, N. de la R.). Nos gusta conversar. (…) Comparamos las opciones que hay sobre la mesa, somos conscientes de que hemos hecho una película precisamente sobre esto, acerca de las responsabilidades que tenemos los seres humanos para con los demás, porque nuestras vidas no nos pertenecen del todo. Repito ahora una frase del filme, de un personaje que me gusta mucho y que habla de su propia decisión de salir del armario. Dice: «Si hubiera permanecido invisible, la verdad habría permanecido oculta, y yo no podía tolerar eso». Y también dice que es consciente, incluso en el momento en que lo dice, de que ese sacrificio le va a costar la vida.

De repente, me vienen a la cabeza imágenes, pensamientos y recuerdos, como si estuviera viendo cómo se desarrolla mi vida de una manera muy intensa, un poco del mismo modo en que la gente describe a veces las experiencias cercanas a la muerte. Me doy cuenta entonces de lo compleja que ha sido la relación entre visibilidad e invisibilidad a lo largo de mi vida. 

Cloud Atlas

Recuerdo que cuando estaba en tercero de primaria, me había mudado y me cambiaron de una escuela pública a una católica. En la escuela pública jugaba sobre todo con las niñas. Tenía el pelo largo y todo el mundo llevaba vaqueros y camisetas. En la escuela católica, las chicas llevaban falda, y los chicos, pantalones. Me dijeron que tenía que cortarme el pelo. Quería jugar con las chicas, pero si me ponen con ellos soy uno de los chicos. Rápidamente tengo que ponerme en la fila después del timbre de la mañana: las chicas a un lado, los chicos al otro. Paso al lado de las chicas y siento una extraña y profunda sensación de atracción. Y, sin embargo, una parte de mí sabe que tiene que seguir caminando. Pero en cuanto me dirijo a la otra fila, me siento diferente y eso me confunde. Ese tampoco es mi sitio.

Me detengo entre ambas. Me percato de que la monja me está mirando, me está chillando. No sé qué hacer. Me agarra y me grita. No estoy tratando de desobedecer, lo único que quiero es ponerme en la fila. Mi silencio la vuelve loca y empieza a pegarme. Entonces, de pronto, y esto es totalmente improbable —si esto ocurriera en una película, no os lo creerías—, se oye el chirrido de unos neumáticos y resulta que es mi madre la que pasa conduciendo, lo juro, salta de su coche y se precipita hacia la monja. Me aleja de ella y me salva. Le dice a la monja que no vuelva a ponerme una mano encima. (Aplausos.)

En ese momento pienso que estoy a salvo, pero luego me lleva a casa y trata de averiguar lo que ha sucedido, aunque realmente no encuentro las palabras para hablar de ello. Me quedo mirando al suelo y ella me pregunta una y otra vez qué ha pasado. Siento la misma frustración creciente, la misma ira creciente que sentí con la monja. Me dice que la mire, pero yo no quiero porque cuando lo hago no puedo entender por qué no me ve.

La última vez que me pidieron que diera un discurso así fue en mi graduación del instituto. Fui la mejor de mi clase y mi profesor, el Sr. Henderson, me dijo que tenía que dar un discurso consecuente. No pensé que fuera tan importante. (Risas.) Pero, como soy muy tímida, me negué. Le dije: «Dejemos que lo haga otra persona». No le gustó mi respuesta. Me contestó: «No es así como funciona». También me dijo que comprendía lo que sentía, que a nadie le gusta dar discursos —entonces ¿por qué los damos?—, pero que, a veces, había que pensar no solo en uno mismo, sino también en los compañeros de clase y en los padres, que estarían muy orgullosos. Hay cosas que tienes que hacer por ti mismo y hay otras que haces por los demás.

The Matrix

Así pues, escribí aquel discurso más o menos como escribí este, con mariposas en la barriga. Lo escribí por la noche con las bragas que me ponía para dormir y que quitaba a mi hermana. En ese discurso hablaba del hecho de que nuestro conocimiento podría verse como una escalera que nos da acceso a mundos cuya existencia no sospechábamos. No recuerdo realmente cuándo di ese discurso. Recuerdo que después fui al baño y me escondí en un cubículo cerrado. Sentía las bragas que llevaba debajo del traje mientras lloraba. Me sentía estúpida y pensaba que era una mentirosa, pues no podía imaginarme en un mundo en el que encajara. 

En el instituto, me apunté a la clase de teatro, en parte para hacer como mi hermana mayor, pero sobre todo por el almacén que había encima del escenario y que estaba lleno de trajes. Me enamoré de este almacén tanto por el olor a polvo entre el que me gustaba sentarme a leer como por las estanterías de vestidos y las interminables filas de zapatos. Recuerdo que un día me puse un precioso vestido de brocado con corsé, cuando de repente oigo que la responsable me llama. Justo antes de que abra la puerta, en el último momento me escondo entre los pliegues de los vestidos a oscuras, con el corazón palpitando. La oigo llamarme una y otra vez, mientras rezo para que no me encuentre.

Al crecer, la idea de estar sola me provocaba cada vez más ansiedad, con un insomnio constante que inevitablemente me llevaba a la depresión. Nunca dormí mucho cuando estaba en primer grado. Veía cómo a la mayoría de mis amigos varones les crecía la barba y me pasaba las noches mirándome al espejo, temiendo lo que pudiera encontrar allí algún día.

Fue entonces cuando comprendí lo que sentía al no tener las palabras adecuadas para defenderme. Sin un ejemplo, sin un modelo por seguir, empecé a creer en las vocecitas de mi cabeza, que me decían que era un bicho raro, que estaba perdida, que había algo malo en mí, que nadie jamás podría quererme.

«Si hubiera permanecido invisible, la verdad habría permanecido oculta, y yo no podía tolerar eso»

Un día, al salir de clase, aterricé en el Burger King local y escribí una nota de suicidio de cuatro páginas. (…) Quería convencer a mis padres de que no era su culpa, de que simplemente mi sitio no estaba en este mundo. Lloré a lágrima viva mientras la escribía, pero no era la primera vez que el personal de Burger King veía cosas semejantes. Ya estaban curados de espanto. (Risas.)

Solía llegar tarde a casa por culpa del teatro; sabía que el andén de mi tren estaba siempre vacío por la noche. Dejé pasar el tren B, porque sabía que el tren A sería el siguiente y no se detendría. Vi la cabeza del tren, cogí mi mochila y la puse en el banco. Contenía la carta. Intenté no pensar en nada más que en saltar cuando pasara el tren. Cuando el andén empezó a zumbar, noté que alguien bajaba por la rampa. Era un anciano enjuto que llevaba unas gafas grandes y cuadradas al estilo de los años setenta, como las de nuestras abuelas. Nos miramos como dos animales. No sé por qué, no me quitaba la vista de encima. Lo único que sé es que no dejó de mirarme y que yo sigo aquí.

Años después, encuentro el valor para reconocer que soy transgénero y que eso no significa que nunca me vayan a querer. Conozco a una mujer y ella ha sido la primera en hacerme comprender que no me quiere a pesar de mi diferencia, sino por ella. Ha sido la primera en verme como un ser humano completo. Y todas las mañanas me despierto junto a ella y no puedo expresar lo agradecida que estoy por tener ese par de ojos azules en mi vida.

Estando en Sídney, Australia, finalmente salí del armario de cara a mi familia. Cuando le conté a mi madre lo que me ocurría, se subió a un avión para venir a verme. Fue un momento catártico, lleno de lágrimas. Ella me confesó que tenía miedo de venir a verme y tener que hacer luto por su hijo. Al final se dio cuenta de que era menos una muerte que un redescubrimiento, que había esa otra parte de mí, una parte que no era visible, y ella consideró un regalo el poder conocer ahora esa parte. (Aplausos.)

Salimos a cenar. Me vestí tan femenina como pude, quería que la gente al verme viera a Lana. Esperando, eso sí, que los camareros no me digan «señor», como si de repente tuvieran el poder de confirmar o negar mi existencia. A mi madre también le gusta conversar. Siempre se presenta al camarero o a la camarera. Y en ese momento, dijo: «Hola, soy Lynne. Esta es mi hija Lana». El camarero sonrió y dijo: «Caramba, como se parece a usted». (Aplausos.)

Cuando llegó mi padre, la noticia fue más fácil de digerir que el día en que se enteró de que su mujer y su hija habían votado a Jane Byrne en lugar de a Harold Washington (elegido alcalde de Chicago en 1983, N. de la R.), una elección que aún tiene atravesada. Dijo: «Mira, si mi hija todavía quiere sentarse y hablar conmigo, eso es suficiente para hacerme feliz. Lo importante es que estés viva, que tengas ese aspecto de felicidad y que pueda abrazarte y darte un beso». (Aplausos.) Tener buenos padres es como una lotería. Piensas: «¡Dios mío, me ha tocado la lotería! Pero… ¡si no he hecho nada!». Recuerdo haber pensado en las palabras de mi padre, en cómo me aceptaba, cuando mi mujer y yo leíamos en la prensa la noticia del asesinato de Gwen Araujo (adolescente transgénero asesinada, N. de la R.). Me parecía imposible que algo así pudiera ocurrir cerca de aquella ciudad. Y, sin embargo, a una persona como yo la habían asesinado por ignorancia, por prejuicios, exactamente lo contrario de lo que mi familia había aceptado. Asesinada por un tipo de miedo que busca borrar toda prueba de que el mundo es diferente a como le gustaría que fuera.

La invisibilidad es inseparable de la visibilidad. Para una persona transgénero no es solo un rompecabezas filosófico: puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. 

Pocas semanas después de salir del armario, los tres, Tom, Andy y yo, estábamos en una entrevista. Uno de los reporteros aventuró preguntas que se salían de la película para abordar el tema de mi género. Imaginaos, eso un periodista. Mi hermano se apresuró a dar un paso al frente: «Mira, para que quede claro, si alguien hace alguna pregunta o dice algo de mi hermana que no me guste, le romperé una botella en la cabeza». (Aplausos.) Pocas palabras expresan el amor con tanta claridad.

Estoy aquí porque el Sr. Henderson me enseñó que hay cosas que se hacen por uno mismo y cosas que se hacen por los demás. Estoy aquí porque cuando era más joven deseaba ardientemente ser escritora, quería ser cineasta, pero no veía a nadie como yo en el mundo y sentía que mis sueños no tenían futuro solo porque mi género era menos claro que el de otras personas.

Si para alguien puedo ser esa persona (pausa, aplausos), entonces habrá valido la pena sacrificar mi vida privada. Sé que también estoy aquí gracias a la fuerza, el ánimo y el amor que tengo la suerte de recibir de mi mujer, mi familia y mis amigos. Y, en ese sentido, espero poder transmitir su amor en forma de mi contribución a un proyecto como el que ha lanzado la Human Rights Campaign, para que el mundo que imaginamos en esta sala sirva para abrir otros lugares, otros mundos antes inimaginables.
Muchas gracias. 

(Artículo originalmente publicado en Sofilm nº 75)

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