La Casa Gucci

(House of Gucci)

  • Dirección: Ridley Scott
  • Guion: Roberto Bentivegna, Becky Johnson. Libro: Sara Gay Forden
  • Intérpretes: Lady Gaga, Adam Driver, Al Pacino, Jeremy Irons, Jared Leto, Salma Hayek
  • Género: Drama
  • País: Estados Unidos
  • 157 minutos
  • Ya en salas

Drama criminal en torno al asesinato en 1995 de Maurizio Gucci, nieto del fundador del imperio de la moda Gucci, que apareció asesinado por orden de su exmujer Patrizia Reggiani, conocida como la «viuda negra de Italia». Adaptación del libro de Sara Gay Forden, publicado en 2001, ‘The House of Gucci: A Sensational Story of Murder, Madness, Glamour, and Greed’.

Por Elisa McCausland y Diego Salgado

«No confundas nunca el chocolate con la mierda. Su aspecto es semejante pero su sabor muy distinto». Esta línea de diálogo, menos extravagante de lo que parece a primera vista, da idea precisa de lo que puede esperar el espectador de La casa Gucci, una propuesta en equilibrio inestable entre lo elegante y lo vulgar. La frase dice mucho además del propio realizador del filme, Ridley Scott, cuya filmografía ejemplifica como pocas la tensión entre alta y baja cultura que ha caracterizado desde sus orígenes el medio cinematográfico y que ha llegado en los últimos años al punto de generar malentendidos industriales, críticos y cinéfilos.

Al fin y al cabo son varias las películas dirigidas por Scott a lo largo del siglo XXI que han resultado ser, bajo sus alardes estéticos y argumentales, cine trash: Gladiator (2000), Hannibal (2001), American Gangster (2007), Prometheus (2012), El consejero (2013)… Más aun, La casa Gucci coincide en la cartelera con otra realización suya que también parece chocolate y tiene a la postre un sabor muy distinto: El último duelo (2021), proclama feminista que sucumbe a un clímax comercial protagonizado por caballeros de largas espadas, y emulación de Rashomon (1950) que arruina toda pretensión dialéctica con esa cartela que nos dicta cuál es La Verdad.

En este aspecto, quien haya seguido de cerca tanto la trayectoria de Scott como sus declaraciones a menudo prepotentes y obtusas, sabe que su grado de vinculación con los guiones que le han salido al paso es relativo, propio de un artesano. Los montajes alternativos de al menos once de sus películas, su tendencia a rodar con varias cámaras al mismo tiempo, su recurso creciente a un equipo técnico y de producción estable, ponen de manifiesto que su interés pasa sobre todo por filmar y filmar a partir de una premisa sugerente. La coherencia discursiva del relato le importa menos que saciar al gran público a golpe de incontinencia narrativa y bisutería escénica. Y es en esas características como operario solvente y adaptativo, capaz de sobrevivir en el seno de la industria del cine durante más de cuarenta años, perseguido eso sí sin descanso por los méritos inconmensurables de Alien (1979) y Blade Runner (1982) —que ha tratado de apropiarse con éxito relativo—, donde hay que cifrar sus motivos recurrentes como director.

Desde esta perspectiva, La casa Gucci parece mierda de entrada pero acaba por saber a chocolate. No vamos a negar que su recreación de la historia de amor y desamor vivida desde principios de los años setenta hasta mediados de los noventa por el millonario Maurizio Gucci (1948-95) y la arribista Patrizia Reggiani (1948-), de consecuencias cataclísmicas para la exclusiva marca italiana de moda y complementos, adolece de problemas de tono, foco y ritmo. Los enredos familiares y corporativos que integran la ficción dejan así una impresión de falta esencial de sentido, algo frecuente en el cine de Scott y casi suicida en una película que supera las dos horas y media de metraje. La ausencia de matices fotográficos, el recurso insistente y poco riguroso en la banda sonora a canciones populares, son chapuzas que revelan a un director empeñado, como Clint Eastwood, en burlar a la parca con una dinámica estajanovista y enloquecida de trabajo.

Esa chapucería, sin embargo, tiene un valor revulsivo considerable frente a unas industrias del cine y la alta costura que protegen con celo sus signos de estatus y respetabilidad moral. Con la complicidad de Lady Gaga, Jared Leto y Al Pacino, bufones en el mejor de los sentidos, Scott otorga rasgos socarrones, en ocasiones grotescos, al estereotipo de drama grave basado en hechos reales que suele estrenarse en estas fechas de cara a galardones varios. Uno no sabe si tomarse La casa Gucci en serio o no, y eso nos remite de cabeza a las consideraciones de la propia película en torno a lo auténtico y lo falso, lo caro y lo barato, el potencial desestabilizador del simulacro, a partir de las imitaciones de productos Gucci que Patrizia descubre en un mercadillo. Conviene recordar que los emporios italianos de la moda no son ajenos a sus vertientes chabacanas y autoparódicas, cuya explotación ha garantizado de hecho su supervivencia en las últimas décadas. La empresa Gucci, en concreto, ha apostado desde 2015 bajo el mando creativo de Alessandro Michele por potenciar los elementos estrafalarios y hasta kitsch asociados a la marca, con gran repercusión en las ventas.

En cualquier caso, Scott conoce de sobra los entresijos del lujo y el poder por su dedicación intensiva a la publicidad de alto standing. La casa Gucci está llena de apuntes lúcidos sobre la (im)posibilidad del individuo para sobrevivir a las mutaciones del capital corporativo, los áticos y los subsuelos de nuestra estructura social, y las pulsiones primordiales que hacen saltar por los aires las apariencias de civilización. Temas que hermanan de forma evidente La casa Gucci con Todo el dinero del mundo (2017), El consejero, Red de mentiras (2008), 1492: La conquista del paraíso (1992), La sombra del testigo (1987) y hasta Blade Runner y la saga Alien.

En resumidas cuentas, si hay un Ridley Scott interesante, y La casa Gucci vuelve a confirmarlo, es aquel que nos ha ofrecido desde su perspectiva privilegiada un retrato único de los paraísos ficticios del tardocapitalismo y sus efectos alienantes en la condición humana. Como dijo Chumy Chúmez antes que Scott, «hasta que no estudiemos en profundidad todo esto que nos rodea, no sabremos con certeza si es felicidad o es mierda».

  • Fotografía: Dariusz Wolski
  • Montaje: Claire Simpson
  • Música: Harry Gregson-Williams
  • Distribuidora: Universal