Nomadland

Nomadland

  • Dirección: Chloé Zhao
  • Guion: Chloé Zhao (Basado en el libro de Jessica Bruder)
  • Intérpretes: Frances McDormand, David Strathairn,
  • Género: Drama, road movie
  • País: EEUU
  • 108 minutos
  • En salas desde el 26 de marzo

Una mujer, después de perderlo todo durante la recesión, se embarca en un viaje hacia el Oeste americano viviendo como una nómada en una caravana. Tras el colapso económico que afectó también a su ciudad en la zona rural de Nevada, Fern toma su camioneta y se pone en camino para explorar una vida fuera de la sociedad convencional, como nómada moderna.

Por Carlos Reviriego

¿En qué momento se internó América en su pasado, dejó de ser presente, abandonó su carne para transformarse en fantasma? Cuando Chloé Zhao filma las llanuras desérticas de la reserva india de Pine Ridge (o mejor, filma figuras disolviéndose en ellas), los espíritus polvorientos de esas malas tierras –las mismas no en vano con las que filmó Terrence Malick el bautismo de su mirada– reaparecen sin gran esfuerzo. Es algo que ha venido haciendo desde su asombroso debut hasta ahora, a lo largo de una seductora, desafiante trilogía. Son los ectoplasmas de paisajes que siempre han estado ahí, en el cine también, en Sjöström, Ford, Mann y Peckinpah, para recordar que América cambia, pero que su «república invisible» (al decir de Greil Marcus), aquella otra que no es la de los sueños posibles y los cócteles en la piscina, sino «the old and weird America» —la de los tramperos y buscadores y outlaws, supervivientes en perpetuo movimiento sin más hogar que su sombra—, permanece inmutable. Oxímoron mediante. Será un cóctel en la piscina el escenario en el que la hermana de Fer (Frances McDormand), de forma más bien inopinada en el fluir dramático de la escena —porque al contrario que en sus películas anteriores, más asilvestradas, en Nomadland la directora parece sentir la necesidad de explicar sus propias metáforas—, dice de Fer que admira su arrojo para abandonar el sistema, la vida acomodada, y lanzarse on the road a reeditar el nomadismo de los pioneros, la furgoneta por carreta, porque «forma parte de una tradición americana». 

Oxímoron mediante de nuevo, esas poéticas del desarraigo están profundamente enraizadas en la fisonomía poética, la mirada, de la directora chino-estadounidense Zhao. Nacida en Pekín, creció en Brighton, estudió en Londres, Los Ángeles y Nueva York. Un desarraigo que atraviesa, bien enraizada, la semántica visual y sonora de Songs My Brother Taught Me (2015, Cannes), The Rider (2018, Berlín) y ahora, en menos pero bien concentradas dosis, Nomadland (2020, Venecia), para que el espectador reconozca acaso una estirpe y se preste a atrapar sus matices. Es esta una película de gestos que contienen abismos. El film arrasó en la edición online de Venecia desde la conciencia de su propio significado como refundación de un mundo, es decir, aquello que sigue a todo Apocalipsis. No es algo que esté tan lejos de lo que lleva haciendo la serie The Walking Dead en diez temporadas: en la novena ya adapta plenamente los códigos míticos y estéticos de la «república invisible». El asentamiento es, de nuevo, otra paradoja para referirnos a América, donde casi nadie termina donde empieza, donde civilización y tránsito son pleonasmo.

Espectros y transferencias

Precisamente del ensayo País Nómada (Capitán Swing) florece esta producción de la propia Frances McDormand, en un papel a su medida, de Fargo (1997) a Tres anuncios en las afueras (2018), a la caza de la tercera estatuilla, traduciendo a las posibilidades de la pantalla el texto de Jessica Bruder. Nos contaba Bruder que la nueva fauna generacional en los paisajes de la movilidad estadounidense, los nuevos nómadas (que se cuentan en decenas de miles), están formados en su grueso por jubilados que perdieron sus hogares en la crisis de 2008 y quedaron desasistidos por el sistema, sin seguro social, sin apenas pensión, hipotecados hasta las cejas, obligados a realizar trabajos temporales, mayormente de carga, descarga y transporte en empresas de reparto, para mantenerse a flote. Se llaman a sí mismos “workampers” y conducen autocaravanas de segunda mano, como Fer, quien a lomos de la suya protagoniza una road-movie sin destino aparente, cuyo pathos es la supervivencia y el encuentro con semejantes, hasta que el dilema sobre detenerse (¿claudicar?) o continuar, inevitable, se cruza en su camino tomando la forma de un posible compañero otoñal. El modo en que la directora resuelve esa cápsula de indecisión es magnífico: ella de espaldas bajo la tenue oscuridad, sentada a la cabeza del comedor, mirando la ventana, donde está la luz. Como Kelly Reichardt con su última película, la frescura antiacadémica se domestica bajo un pulso de madurez fordiano, transfiriéndose con las energías de la tradición.

Las transferencias incesantes entre lo real y lo representado son piedra angular en el cine de Zhao

El gesto de Reichardt en First Cow invocando el relato de solidaridad de los colonos al desenterrar sus huesos un siglo después, entronca asimismo con Nomadland, rodada prácticamente el mismo año, en un sentido profundo. Los pioneros de estas tierras que aún el cine americano se obliga a registrar como paraísos perdidos (en verdad, diezmados) buscaban el oro, la propiedad, el comercio. Los de ahora, los que filma Zhao, vagan en busca de algo parecido a la quietud, la serenidad, cierta mística que pueda atenuar su derrota en el huracán de la supervivencia diaria, es decir, nuestra derrota, porque el oro ya ha sido expoliado. La ironía que no desconocen es que trabajan ocasionalmente como repartidores de Amazon, el oro del siglo XXI. Es en esa pesquisa, acaso más cercana en espíritu a los buscadores del dharma de la contracultura beat y el posterior sentido anti-comuna de los easy riders, en la que concentra el relato las energías de sus personajes, especialmente el de Linda May, quien fuera compañera de viaje de la ensayista Bruder y en la película, reinterpretándose a sí misma, lo es de McDormand.

Las transferencias incesantes entre lo real y lo representado son piedra angular en el cine de Zhao, a quien la industria quizá eche a perder ahora que ha capitalizado su talento para rodar una de superhéroes. Al igual que en The Rider el jinete de rodeo Brady se exponía frente a la cámara en su angustia por retomar su carrera tras una brutal caída, también la «experiencia» y el «tránsito» de May y otros “workampers” alimentan las imágenes de Nomadland de un sustrato de verdad irremplazable, o «plus verité que la verité», como diría Truffaut. En ese más allá de la verdad, simplemente porque es autorreflexiva, conecta el film con el sentido documental-periodístico del ensayo de Bruder, quien vivió durante tres años “infiltrada” en la comunidad de nómadas recorriendo las carreteras secundarias de North Dakota a California y a Texas. Emprendemos el peregrinaje de lo individual a lo colectivo hasta que ambas nociones se difuminan, y el sentido de “comunidad”, de una red de economía sumergida que a duras penas mantiene a flote a los elementos “prescindibles” del sistema (y que solo tiene visos de hacerse más abultada), también se diluye en los conflictos y anhelos personales.

La distensión emocional del relato, el modo en que cierto laconismo se adueña de una road-movie de autoafirmación, más que de autorreconocimiento, siembra el terreno para que el sentimiento de ruptura sea tan preciso como el de pertenencia. Hay una fragilidad tan presente en las imágenes como los lazos que la atan a la tradición. Pareciera que un mundo nuevo se abre camino, y hacia esa nota de esperanza camina el plano final, si bien estos paisajes y estos rostros de algún modo nos hablan de la misma América de siempre, la de su fundación y su depresión, la que antes perseguía sueños y ahora sombras, vestigios de sueños. Una América tan frágil y tan sólida al tiempo como ese plato de porcelana que Fer conserva de su familia, la memoria filial, y que recompone con pegamento cuando el hombre que deseará retirarse con ella al regreso de una vida sedentaria, lo rompe accidentalmente. Los espectros de Nomadland nos aseguran que algo importante se ha roto definitivamente. Y que ya no es posible regresar al hogar. Ni siquiera recomponerlo.

  • Fotografía: Joshua James Richards
  • Montaje: Chloé Zhao
  • Música: Ludovico Einaudi
  • Premios: Festival de Venecia: León de Oro (mejor película) / Globos de Oro: Mejor película drama y dirección / Festival de Toronto: Premio del público (Mejor película)