«Quería retratar el fin de lo humano»
Cyborg, voz inglesa de cíborg, acrónimo de cybernetic organism, organismo cibernético. Fue en 1960 cuando los científicos Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline acuñaron el término para referirse a los hombres (y mujeres) que tomaban «parte activa en la evolución biológica»; es decir, humanos modificados fisiológica y psicológicamente gracias a la tecnología para sobrevivir a un futuro en el que la máquina sería tan omnipresente en la rutina como el café con leche. Clynes y Kline imaginaron un futuro que hoy es presente. O eso defiende Cyborg Generation, el primer largometraje documental del malagueño Miguel Morillo Vega, que ha pasado por Seminci, In-Edit, Visions du Réel y el Festival de Cine de Cracovia, entre la decena de certámenes que han sucumbido a los encantos de una distopía muy actual. Por Marta Medina

Caminando por la Gran Vía de Madrid, podríamos toparnos hoy mismo con un cíborg. Porque podríamos encontrarnos con Moon Ribas, la artista que percibe terremotos con las plantas de los pies. O con Manel de Aguas, performer con aletas sensoriales implantadas en la cabeza que perciben los cambios meteorológicos. Quizás con Neil Harbisson, activista con una antena implantada en la cabeza para transformar los colores en sonidos. O con nuestro protagonista, Kai Landre, un músico cíborg que capta los rayos cósmicos y los convierte en melodías para nuestros oídos. Suena a ciencia ficción y lo es, pero también es una realidad que se vive hoy en Barcelona, epicentro de un movimiento que aboga por el transhumanismo y la transformación del propio cuerpo con el objetivo de ampliar los mecanismos de percepción del mundo que nos rodea. Desde allí nos hablan Morillo y Kai Landre, a los que acudimos para desentrañar cuánto hay de espectáculo y cuánto de metafísica en esta generación de cíborgs. «Al principio de acercarme al tema se me hacía todo muy marciano», admite el cineasta malagueño, que arrancó el proyecto Cyborg Generation cinco años atrás, a finales de 2019. «Conocí la historia de Neil Harbisson cuando era muy jovencito: vi un reportaje que le hicieron en el Canal Arte y descubrí el movimiento cíborg. Obviamente, es una cosa muy llamativa. Por azar, muchos años después, conocí a Kai.»
En 2016, Kai Landre no ha cumplido ni los 16, «pero ya destaca en la escena artística de Barcelona. Es un chico muy inteligente, muy especial, muy carismático y muy extravagante», describe Morillo. «De una forma muy casual, conoció en una fiesta clandestina en un tablao flamenco a Neil Harbisson, con el que tuvo mucha compenetración y Kai acabó en el Cyborg Bunker, un espacio secreto donde se diseñan los órganos cíborg y donde se implantan algunos de ellos. Tuvieron un flechazo de amistad y esa misma noche Kai decidió que quería experimentar con el ciborguismo e implantarse su propio órgano.» Para KaiLandre, todo tiene que ver con el espacio exterior, por el que siempre sintió una fuerte atracción. «Fui formándome por mi cuenta, leyendo mucho de física cuántica y teorías de multiversos. Hasta que conocí a Harbisson y Moon Rivas. Entonces, hice una línea de la vida de mis momentos más importantes y me di cuenta de que mi sentido tenía que ver con el espacio exterior. Leyendo al respecto, descubrí qué eran los rayos cósmicos y empecé a pensar cómo vincularlos con la creación musical. Si los rayos cósmicos son partículas de luz que se miden en hercios y la música también se mide en hercios, tenía sentido que fuese una variable directamente transformable.»

Quedadas cíborg
Landre es hijo primogénito del milenio. Nacido justo en el año 2000, responde a la etiqueta de nativo digital y no concibe la vida sin la tecnología, y afirma haber estado conectado a internet desde que tiene uso de razón. «También tiene un background geográfico muy lógico para el ciborguismo, que es el de Barcelona, que es una ciudad muy avant garde y que tiene una actitud muy punk, históricamente, apunta Morillo. En Cataluña hay una comunidad respetable de cíborgs, y aunque la sede actual más grande está en Nueva York, ellos son pioneros. Pelean por el derecho a diseñarse uno mismo y el derecho de autodeterminación sobre partes externas que le coloques a tu cuerpo». Sobre esa cuestión, peliaguda, Morillo afirma que la principal lucha pasa por conseguir que las operaciones no tengan que hacerse de manera ilegal. «Es muy complejo, porque los comités de bioética no permiten todavía que esto pase. Hay muchas regulaciones. Si tú tienes una carencia o una necesidad especial, es menos problemático que cuando es por decisión propia. Pero los cíborgs son activistas, e incluso existe un manifiesto sobre los derechos cíborg.» De momento, Neil Harbisson ha conseguido que el gobierno de Reino Unido lo reconozca como la primera persona cíborg del mundo. «Nosotros estamos intentando luchar por los derechos cíborg de modificarte, de libertad morfológica», añade Landre. «Cuando estuve en la Residencia de la Cyborg Foundation viajé mucho con Neil y me di cuenta de que, alrededor del mundo hay mucho conocimiento de arte cíborg, también sobre sus aplicaciones en el ámbito médico. Creo que en España hay todavía menos conocimiento al respecto. Si vas a Dubái, todo el mundo sabe lo que eres; en Latinoamérica, lo mismo. En España te enfrentas a la burocracia, a unos problemas en los aeropuertos…»
«Conoció en una fiesta clandestina en un tablao flamenco a Neil Harbisson y Kai acabó en el Cyborg Bunker, un espacio secreto donde se diseñan los órganos cíborg y donde se implantan algunos de ellos», Miguel Morillo Vega
Para Kai Landre, todo empezó como empiezan casi todas las cosas durante la adolescencia: a través de quedadas. «Empezamos a reunirnos en el Cyborg Bunker cada viernes, recuerda el cíborg catalán. Venía gente de diversos campos: desde la música hasta la filosofía, desde la programación hasta la soldadura de placas.» Gracias a estos últimos, los soldadores de placas, empezó a desarrollar su paso al “ciborguismo”. «Para tomar inspiración, empezamos a buscar proyectos que hubiesen diseñado receptores de rayos cósmicos, pero hackeando la parte de la programación y algunas partes del hardware para poderlo adaptar a las necesidades de traducción musical. Entre investigación y prueba, estuvimos varios meses hasta que conseguimos diseñarlos. Al final, crear tu órgano no es tan difícil, porque supone simplemente darle otro propósito a una tecnología ya existente.» Aquel Cyborg Bunker, situado en el barrio barcelonés de Poble Sec, hoy ya no existe, pero Landre apunta a un proyecto para abrir otro búnker en otra parte de Barcelona», porque aunque «en Barcelona no está aceptada legalmente, es una movida muy pegada a la cotidianidad.» Una cotidianidad cíborg que se reúne en torno a la organización Cyborg Foundation, que hoy cuenta con «doscientos o trescientos miembros y hay mucha gente joven.»
Es en medio de ese proceso de diseño del «nuevo sentido» de Landre cuando entra en la ecuación la película Cyborg Generation, un proyecto financiado por una mecenas que, en principio, simplemente iba a documentar la creación del nuevo órgano del músico. El equipo de Landre contacta con Morillo, que apostó por el formato largometraje. «Yo ya hacía documentales y enseguida vimos la posibilidad de colaborar. Vi la oportunidad de contar el fenómeno en presente natural, todo el proceso desde el principio. Cyborg Generation abarca desde los 17 hasta los 23 años de Kai, todo el proceso de transhumanismo. O de transición a cíborg, mejor dicho, porque él no se considera transhumano.» Un proceso de cambio que Morillo quiso acompañar también en lo formal. «Hay una parte muy humana en el documental y otra muy tecnológica. Para mí, un elemento fundamental de Cyborg Generation es el poema visual que surge al rodar en 16 milímetros toda la parte en la que Kai sigue siendo humano, lo que le da una textura física y una calidez. Cuando Kai implanta tecnología en su cuerpo hay un cambio de formato muy sutil y la película pasa a digital. Quería que el propio formato del filme evolucionara al igual que su protagonista.» Cyborg Generation acompaña a Landre en sus espacios íntimos, en las discusiones con sus padres, en las conversaciones con sus hermanas, en la indagación sobre un pasado de niño homosexual en un colegio católico y en la certeza de sentirse diferente al resto.


«Luchamos por los derechos cíborg de modificarte, de libertad morfológico», Kai Landre


Rayos cósmicos en directo
También está la cuestión de la performance artística de Kai Landre. «Antes de todo esto, mis letras y mi música ya intentaban acercarse a un sonido que pudiera parecerse al sonido espacial», se explica Landre. «Cuando empecé a ser cíborg, lo primero que hice fue grabar el sonido del “nuevo sentido” y, a través de esas melodías, que muchas veces eran de uno o dos compases, hacer composiciones mucho más largas. Cosas más experimentales y abstractas, más que canciones con un principio y un final». La naturalidad con la que nos lo cuenta Landre contrasta con la concatenación de conceptos que a nosotros nos dejan la placa base de nuestro humilde cerebro humano echando humo. « He creado un nuevo sentido para poder extraer el sonido del “sentido cíborg» en directo. Se conecta al ordenador y yo puedo elegir qué sonidos usar para poder hacer viajes sonoros a través de rayos cósmicos en directo.»
Morillo nos echa un cable: para él también resultaba todo muy marciano al principio, pero asegura que tras el viaje de Cyborg Generation ha terminado llegado a una reflexión muy sencilla sobre nuestra relación con la tecnología. En resumen: todos somos un poco cíborgs. «Hace quince años tú decías: “Mi móvil no tiene batería”. Ahora dices: “No tengo batería, no tengo cobertura, no tengo datos”. El móvil es una extensión. Si no tienes el móvil encima es como si sufrieses un miembro fantasma. Nuestra memoria la delegamos a un teléfono móvil. Sin darnos cuenta ya tenemos la tecnología implantada.» Tanto es así, que pese a que todo lo que vemos en Cyborg Generation pueda parecernos hoy un trip de ciencia ficción, Morillo asegura que su documental quedará desfasado en cuestión de pocas décadas. «El documental será una referencia muy vintage como para nosotros son todos esos documentales de la NASA de los años setenta. Quería retratar el final de lo humano.»
