Sitges 21 #1: The Amusement Park

¿Unos jubilados sueltos en un parque de atracciones con George A. Romero al frente? Esta escalofriante sátira —que ha permanecido invisible durante mucho tiempo— reaparece ahora de entre los muertos en una versión restaurada para el mercado doméstico y que el 54 Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña (aka «El festival de Sitges») recupera hoy en versión 4K dentro de su sección ‘Seven Chances‘. En el origen de esta rara avis, una pandilla de calvinistas. Explicaciones.

Muchos son los directores de cine que han aprovechado un simple encargo para volver a lo experimental, lo cual no siempre es posible en un proyecto de gran envergadura y, a menudo, en detrimento de los patrocinadores. Esto fue claramente el caso de Godard e incluso de Resnais: El canto del estireno, en el que la visualización de una cadena de producción de plástico se convirtió en un poema abstracto y pictórico, ilustrado por las palabras de Raymond Queneau. Cuando George A. Romero abordó The Amusement Park, el papá de los muertos vivientes no estaba en su mejor momento, al menos económicamente. Un embrollo de derechos de autor le había privado de los beneficios de su primera y mítica película, La noche de los muertos vivientes. Tras los estrenos confidenciales de Theres Always Vanilla y La estación de la bruja (distribuida como porno blando), Romero tenía que llenar su nevera. Por eso se hace cargo de los servicios de la Lutheran Service Society, una organización calvinista de Pensilvania preocupada por el maltrato a los ancianos en la América de los años setenta. En la teoría, las intenciones son claras: a través de la alegoría, poner de relieve la difícil vida cotidiana de los ancianos y motivar a los más jóvenes a realizar trabajos de voluntariado. Sabiendo que está en apuros, no sería de extrañar que Romero respetara sabiamente su pliego de condiciones y dejara de lado por una vez sus habituales gimmicks. ¿El resultado? Una película inquietante, opresiva, aterradora y profundamente pesimista. Una película que será rechazada y condenada al olvido… hasta que en 2018 la viuda del cineasta, Suzanne Desrocher-Romero, encuentra las bobinas. Restaurada por IndieCollect, la cinta encuentra ahora el lugar que siempre ha merecido.

Al fin y al cabo, ¿no es la vejez el eslabón perdido entre la vida y el zombi?

Day of the (pronto) Dead 

Lo que sucede es que The Amusement Park no es una película prudente, un poco sensiblera pero decididamente optimista (que es lo que esperaban los jefes de Romero, claro). Al contar la historia de un respetable anciano que es acosado por la multitud durante una visita al parque de atracciones, el cineasta se entrega a un puro ejercicio de estilo, dibujando los cimientos de un imaginario que se le quedará grabado para siempre. Puede que el neoyorquino no esté filmando a los muertos vivientes, pero la coreografía de la multitud evoca los cadáveres de Zombie, motivados por la misma relación perversa y obsesiva con el consumo y el entretenimiento. El filme no se contenta con plantear el problema de los malos tratos sufridos por los ancianos, sino que escarba en la sociedad estadounidense en su conjunto y subraya minuciosamente todos los aspectos de su decadencia: la injusticia social, la opacidad administrativa, la desigualdad sanitaria, la discriminación racial, el voyerismo…

Casi todo el mundo se lleva una paliza en una película que tiene más de documento incendiario que de fábula educativa. Sobre todo, y esto es sin duda lo más llamativo del filme, Romero dibuja un retrato visceralmente angustioso de la vejez. Cuanto más avanza el largometraje, más adquiere el aspecto del ensordecedor vértigo de una pesadilla de la que el protagonista (Lincoln Maazel que, conste, vivió 106 años) saldrá mal parado. Al fin y al cabo, ¿no es la vejez el eslabón perdido entre la vida y el zombi? Es comprensible que una película tan rebelde, dura y naturalista pudiera asustar a los religiosos. Un suicidio económico, pero un tour de force artístico que no ha perdido nada de su fuerza cincuenta años después. – Alexis Roux