‘Petit Samedi’, una mirada familiar al dolor de la adicción

Gratis hasta el 31 de diciembre, gracias al Arte Kino Festival y al buen gusto de Monsieur Olivier Père, su exquisito selector, podemos disfrutar de Petit Samedi, una película documental sobre la heroína como nunca antes la habíamos visto: está hecha desde el corazón, dirigida por la hermana del protagonista, Paloma Sermon Daï, y se centra en la relación de este, Damien Samedi, con su comprensiva madre, la gran Ysma. artekinofestival.arte.tv Por Philipp Engel

Hemos visto montones de películas sobre aquel diablo vestido de ángel que también ha dado para cientos de canciones de la rumba y del rock. Quizás demasiadas. Hemos tenido sobredosis de tremendismo, sensacionalismo, glamourización, falso romanticismo, paternalismo o moralina, entre otras adulteraciones indeseadas. Casi nunca la nota justa, el punto de vista adecuado. Pero la película belga Petit Samedi nada tiene que ver con todo aquello. Es un documental que podría ser cine de ficción, ya sólo por su formato alargado (2.35:1), y sobre todo por su delicada cautela a la hora de acercarnos a los personajes, que acabarán siendo como de la familia. 

La luminosa fotografía de Frédéric Noirhomme también es el reseñable. Es el de la magnífica Hedi. El de Paul Sanchez est revenu!. Un tipo que sabe lo que hace. Y como decíamos, la directora, Paloma Sermon Daï no es otra que la hermana del protagonista, Damien Samedi, un hombre de 43 años, que intenta llevar una vida normal, haciendo trabajillos aquí y allá —ahora cortar el césped, luego postularse como manitas en una residencia de ancianos—, con el inconveniente de que la heroína es su gasolina. Si no se fuma un chino, no puede funcionar. No puede levantarse de la cama, no puede ir a trabajar, no puede relacionarse. Y es un problema con el que lleva 20 años a cuestas, como una cruz. Por suerte, su madre siempre ha estado ahí. 

La enorme, la generosa y sobreprotectora Ysma es la madre que a todos nos hubiera gustado tener. La madre que siempre está ahí, incluso demasiado, o eso es lo que ella misma se pregunta cuando todavía busca a su hijo por los bares. Samedi, que también lleva a cuestas eso de apellidarse como el día de la semana en el que casi todo está permitido, reconoce que tiene un pasado turbulento, que en su día perteneció a una banda de gamberros y que fue violento. Las típicas travesuras. Pero, aunque nadie acaba de creérselo, la gente cambia, o al menos, en algunos casos, puede cambiar. Y, de hecho, en el pueblo de mala muerte donde vive, no hay quien no lo vea como un buen tipo. Un tipo afable, incluso encantador. Otra cosa es lo que digan a sus espaldas, cosa que también le pesa. Y por eso, en parte, quiere acabar con su adicción, o al menos intentarlo. 

La película arranca con imágenes de archivo en una discoteca tecno, montadas como si fuese un fan video de Trisomie 21 —imposible no pensar en el de The Last Song, que ya vimos un millón de veces— (aunque también parece un YouTube de rusos borrachos, o de la ruta del bacalao), y pasa de lo general a lo personal, para adentrarnos poco a poco en las vidas de esta madre y de su hijo, que se quieren con la máxima dulzura, sin distancias, ni rencores, sentados día sí y día también a los dos extremos de la misma mesa. Todo es amor en esta película. 

Entre los momentos estelares, está el de la madre mirando a Leonard Cohen en la tele. Leonard Cohen cantando Take This Waltz, y Leonard Cohen, ese genio injustamente tapado por Dylan, diciendo que tiene una canción nueva, que es In My Secret Life: “I smile when I’m angry / I cheat and I lie / I do what I have to do / To get by / But I know what is wrong / And I know what is right / And I’d die for the truth / In my secret life”. Y la buena de Ysma mira la tele llorando, claro. 

La vida secreta de Damien Samedi

El problema de la heroína es complejo y diverso, imposible de resumir. Nadie puede dar lecciones, nadie puede sentar cátedra, cada caso es un caso. No se puede generalizar, tampoco vamos a hacer sociología. Aunque es obvio que la solución, como con cualquier droga, empieza por la legalización, que acabaría con el tráfico y la adulteración. El problema no es la droga en sí, que no es un ente consciente, ni el consumo ocasional, sino la dependencia. Como con el alcohol, el vino, la televisión o esa chica que te robó el corazón, el problema siempre es la dependencia. 

Ysma se lo cuenta a una amiga del pueblo, le cuenta que Damien, después de varios intentos de rehabilitación, tan breves como insuficientes, ha empezado una terapia. Y las dos se ríen. No se ríen de la terapia de Damien. Se ríen cuando Ysma dice que la terapia remueve muchas cosas, y que cuando empezó la suya acabó dejando a su marido —un camionero, que bebía varios litros de calimocho al día, y que sólo volvía a casa para pegarla—. La amiga: «Yo también dejé al mío cuando hice mi primera terapia». Imposible no reírse con estas dos. 

Damien, que tiene novia, aunque no aparece en la película, lo sabe. Por supuesto que lo sabe, y la razón de ser del documental es que acude en busca de ayuda, y si se deja filmar es porque quiere también ayudar a los demás, porque ha salido a su madre. La entrañable Ysma. Damien acude en busca de ayuda psicológica, porque, cuando lo que deseas es lo que te hace daño, el cerebro se te hunde en las brumas de la confusión, en un laberinto mental del que, tarde o temprano, vas a querer salir, o por lo menos te vas a plantear seriamente intentarlo, sobre todo cuando empiezas a estar harto. Los hay que logran salir, y muchos que no. Pero hay que recordar que si no nos acercamos a la droga, si no queremos saber nada de ella, es porque tenemos miedo de nosotros mismos. No sirve de nada criminalizarla —criminalizarla es un bluff—. No hace bien, hace el mal. 

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